LA TIERRA DE RONDA EN LA CRÓNICA DE JUAN II DE
CASTILLA. (1407)
Por su inmersión dentro del reino
nazarí de Granada, último baluarte musulmán, la Serranía de Ronda se mantuvo
como tierra de este reino hasta su recuperación por los R.R.C.C. La paulatina
reconquista Norte-Sur va acercando cada vez más la posesión cristiana. Es
lógico, por tanto, que las últimas Crónicas de los reyes castellanos estén más
impregnadas de acciones bélicas en los lugares de la Serranía que las de otros
reyes, anteriormente establecidos. Esto ocurre en la Crónica de Juan II de
Castilla.
Juan II fue jurado príncipe
heredero en el momento de su nacimiento en las Cortes de Valladolid de 1405. La
situación de Castilla se muestra difícil por las querellas intestinas, que se
recrudecieron en el reinado de su padre Enrique III el Doliente.[1]
La pronta muerte de éste a los 27
años provoca un nuevo problema, dada la corta edad del heredero, esto hará que
se tomen serias medidas para prevenir una larga regencia.
Su madre, Catalina de Láncaster y
su tío, el Infante Don Fernando, duque de Peñafiel, son los designados para
ejercer dicha función.
Don Fernando ha creado un rico
señorío y sus aspiraciones le conducen a encumbrar su linaje y acrecentar su
poder.
La Crónica de Juan II, escrita
por Alvar García de Santa María, demuestra la adhesión que el autor profesa al
Infante. Tal es así, que la mayor parte de ella relata las acciones de Don
Fernando, siempre en lugar del niño Rey.
Ya en 1404 el rey Don Enrique III
había intentado la reanudación de la guerra de Granada, muy necesaria en
aquellos momentos, dado que Muhammad V había consolidado las antiguas fronteras
del reino, fortaleciendo su autoridad. El gran poder que ostentaba hizo que su
heredero Abu-l-Hacchad, Yusuf II, gobernase como un verdadero déspota.
Las relaciones entre Granada y
Castilla se hacen cada vez más difíciles con Muhanmad VII y a pesar de la
tregua de 1406, el granadino ataca Quesada y Baeza. Es el momento más propicio
para Don Fernando, que en las Cortes de Toledo logra una dotación de cuarenta y
cinco millones de maravedís. Su propósito es armar un ejército de diez mil
lanzas, cuatro mil jinetes, cincuenta mil peones y ochenta buques de guerra.
Más tarde las Cortes de Guadalajara concedieron otros cincuentas millones de
maravedís.
Hubo que vencer dificultades
financieras de importancia. Las grandes deudas que estaban pendientes con los
maestres y caballeros de frontera, así como con la Armada naval, hicieron que
éstos se resistiesen a emprender la contienda en estas circunstancias. Tras
muchos debates, la reina madre adelantó veinte millones de maravedís del tesoro
del Rey.
Fue en las Cortes de Segovia de
1407 donde el Infante hizo pública su decisión de partir para Andalucía.
El martes trece de abril se pone
en marcha. En la Iglesia de Santa María de Toledo veló sus armas según
costumbre. Mientras, habían comenzado ya las hostilidades y en los primeros
días de mayo se dan acciones cercanas a la Serranía de Ronda:
“… E partieron de Carmona e de Marchena e de Olvera quarenta e dos de
cavallo e veynte e ocho omes de pie, e corrieron , en dos días de mayo, a la
Torre Alaquín e Ayamonte, e pasaron allende contra Montecorço. E yendo ansí
contra la sierra, a Agraçalema, fueron
descubiertos, e salieron a ellos de Ronda e de Setenil fasta doscientos e
quarenta de caballo…”[2]
En la huída buscaron los
cristianos un lugar propicio para defenderse y en una cuesta abatieron a unos
40 moros. Pero fue en Torre Alháquime donde el triunfo cristiano se revela,
muriendo en este encuentro el hermano del cabecera de Ronda y el alguacil de la
ciudad y fueron prendidos otro hermano y sobrino del gobernador rondeño. El
resto de prisioneros fue conducido a Olvera y los demás huyeron.[3]
Mientras, el Infante había
llegado a Córdoba y en esta ciudad recibió la noticia de que la villa de Pruna
había sido tomada. Después de estar un tiempo alojado en Sevilla reunió su
Consejo en Carmona y decidieron atacar a Ronda. Para ello se pusieron en camino,
el 26 de septiembre de 1407 y llegaron al valle del Guadalete. Acuerdan asentar
el ejército en Zahara, a pesar de la lluvia intensa y la comprobación del duro
esfuerzo que en estas condiciones llevaría el ascenso a la villa.
“… los moros de Zahara, en que vieron el real asentado sobre ellos,
començaron a baruolearse e a defenderse quanto podían. E començaron a tapiar e
adouar el alcázar muy de rezio, e començaron a subir quanto tenían en la villa
al castillo…”[4]
Diego García de Quiñones, merino
mayor de Asturias, se encargó de vigilar con su gente la entrada de la villa para
evitar los socorros de fuera. Moros ballesteros, afines a Zahara acudieron de
noche en ayuda de la villa sin lograr penetrar en ella.
El Infante envió tres lombardas.
Se situaron; la primera en la puerta de la villa, la segunda cerca del real y
la tercera en el camino de Ronda. Las tres comenzaron su tarea, arrojando
gruesas piedras y durante los dos primeros días sus aciertos fueron inútiles. Fue
el tercer día cuando abatieron una esquina de la torre y el marco de la puerta
de la villa. Después de ello los moros se rindieron y acordaron la entrega de
la villa y el castillo a cambio de que los dejaran marchar con sus pertenencias
a Ronda.
Para respetar la palabra dada a
los moros, el Infante prohibió la entrada de los cristianos hasta que él lo
dijese:
“…E como los cristianos somos muy mal mandados, pensando entrar dentro,
tanto que el Infante a estos caballeros estobieron a la puerta vna gran pieça
en ella; magüer que el condestable tomó
vn palo e daua palos en ellos por les desuiar que entrase el Infante e estos
caballeros no los podía tirar de la puerta, magüer que el condestable avía poca
mesura en el apartar. E como quier que él daua palos en ellos, no se querían
tirar de la puerta. Fasta que llegó el Infnte, e tomó vn bastón en la mano, e
començó a dar en vnos e en otros, muy mesuradamente, fasta que llegó çerca de
la puerta. E entraron dentro los quél mandó, e después mandó cerrar la puerta…”[5].
Ya dentro, elogiaron la solidez
de la fortaleza y la villa y no comprendían cómo habían podido tomarlas. Desde
esta fecha hasta 1481, en que se vuelve a perder, Zahara fue el lugar cristiano
más avanzado de las tierras rondeñas.[6]
En domingo se dispuso la partida de
los 453 vencidos a Ronda. Con magnanimidad, el Infante les dejó 15 asnos para
transporte de sus pertenencias. Después nombró como alcaide de Zahara a Alonso
Fernández Melgarejo.[7]
Teniendo noticia de que el
castillo de Audita y su aldea se hallaba desguarnecido, envió el Infante a
Martín Alonso de Montemayor, que sin mucho esfuerzo se apoderó del lugar.
Montecorto siguió dentro de sus
objetivos y las mesnadas acamparon cerca del castillo. Moros almogávares lo defendían,
tan certeramente, que fueron heridos diez cristianos con ballestas.[8]
El Infante mandó a Agraçalema a Diego
Fernández de Quiñones, a Rodrigo de Naruaes y a Pedro Alonso de Escalante, sus
donceles: “…E ellos llegaron a la aldea, e
vieron que era vna buena aldea, e fallaron dentro muchos moros, e començaron a
pelear con ellos, fasta que les entraron en el aldea. E los moros acogiéronse a
la sierra. E morieron ay fasta quinçe moros en la pelea, e algunos de los
cristianos, por se detener en el aldea a robar, seyendo salida la gente, e
otros que escaparon feridos de ballestas. E los moros tenían todo lo más e lo
mejor de lo que tenían alçado a la sierra; enpero fallaron ay pan, trigo,
çebada e figos; e non traxeron dello sino muy poco, porque no lleuauan en qué
lo traer…”
Envíó hasta dos mil lanzas
aforradas a la puerta de Ronda. De allí salieron a combatir unos cuatrocientos
hombres de a pié. En una de las escaramuzas se distinguió por su valentía Pero
Niño, conde de Buelna.
El relato de estas acciones
llegaría a la villa de Torre Alháquime y quizás por el miedo a un
enfrentamiento con las tropas cristianas los moros la abandonaron, hecho que
aprovecharon los de Olvera para tomar la pequeña villa.
El Infante deseaba hacer el cerco
de Ronda, mas sus consejeros lo disuadieron ofreciéndole que tomase la plaza de
Setenil, menos fuerte a su juicio, después de expuestas las dificultades que
planteaba la cercanía del invierno y la inexpugnabilidad con que la ciudad estaba
dotada. Las lombardas fueron transportadas a las puertas de la villa y se comenzó
el cerco. Desde allí el Infante mandó a Pedro de Estúñiga , justicia mayor del
rey, que estaba en Olvera que fuese al castillo de Ayamonte, muy cerca de la
villa para tantearla. Los moros, comprobando la proximidad del real y tras
constatar que Torre el Alaquín estaba ya en manos de los cristianos la
entregaron sin violencia.
Diecinueve días duró el asedio de
Setenil sin que se lograran los objetivos propuestos. Reunido con su Consejo
tomaron la decisión de abandonar sus propósitos, dado lo avanzado del otoño y
el mal tiempo reinante.
Dos días después nombró en Torre
Alháquime a Alonso Rodríguez de la Barrera como alcaide.
Mientras el real acampaba frente
a Setenil se sucedieron varias acciones. Una de ellas fue la entrada de Juan de
Velasco por tierras rondeñas con dos mil lanzas, hombres de caballo y unos
cuatro mil peones. Allí permanecieron durante tres días sin que se diera
ninguna acción significativa. Otro suceso ocurrió en los alrededores del
castillo de Las Cuevas, cerca de Cañete que ya había sido tomado. Juan de
Porras y Pedro de Barrientos acudieron con acémilas para cargarlos de trigo y
cebada. Allí encontraron a unos veinte moros de a pié que los atrajeron a una
celada de unos ochenta moros lanceros y ballesteros.
“…E estando ansí cubiertos llegó Pedro de Porras e començó a pelear con
los moros. E tanto que llegó fue ferido de tres viratones, vno en cada pierna,
e otro en la garganta, e fueron ay feridos otros dos e un paje…”
La muerte de los dos mancebos,
Pedro de Porras y Pedro de Barrientos llenó de consternación a
los cristianos, tanto que el cronista da en este capítulo una clase poliorcética:
“… E los mançebos deven tomar ejemplo, que
siempre deuen escusar la pelear con los vallesteros e lançeros de pie, siendo
ellos a caballo, en la sierra e en los grandes recuestos, do los caballeros no
pueden subir ni deçender sino a gran peligro…”
Con
un alarde, que hace escribir el Infante a su cronista, cierra la actividad
bélica en los lugares serranos.
[1]
SUÁREZ FERNÁNDEZ, L.: Hª de España. Edad Media. Ed. Gredos, Madrid, 1977 pp.
482 y ss.
[2]
ALVAR GARCÍA DE SANTA MARÍA.: Crónica de Juan II de Castilla, Ed. Mata de
Carriazo, J. de, Madrid, 1982
[3]
Ib. Cap. 30
[4]
Ib. Cap. 52
[5]
Ib. Cap. 56
[6]
TORRES DELGADO, C.: La fortaleza de
Zahara de la sierra: Pérdida y recuperación. La incorporación de Granada a la
Corona de Castilla, Granada, 1993
[7]
Ib. Cap. 57
[8]
Ib. Cap. 61